viernes, 26 de diciembre de 2008

La declaración de Juan Vergés

"No patotée Dr. Esley, no lo voy a permitir"

Esa fue la primera advertencia que lanzó el presidente del Tribunal, Roberto Nacif, ante el defensor que camina siempre por el borde del desacato y confunde su rol procesal en el juicio con su actuación como funcionario judicial durante el Proceso de Reorganzación Nacional y sus odios personales.

En el lugar de los testigos estaba sentado Juan Fernando Vergés, recordado por sus compañeros como uno de los que con mayor entereza resistió las sesiones de tortura y mantuvo su silencio. Un "cuadro" de importancia en aquellos años, de los que estuvo en la organización del Partido Peronista Auténtico, la voz política de Montoneros, luego de haber roto con Perón en la Plaza de Mayo.

Su exposición fue algo más que un testimonio, era una descripción de lo que políticamente sucedía en esos momentos.

"La dictadura instauró un sitema de ordenamiento de la sociedad a través del terror", expresó dando cuenta del "plan sistemático" que se llevaba adelante por aquellos días. "Estos hechos (que se investigan) no son aislados. No es un delito puntual, sino que son conexos con los otros cometidos por la dictadura. No fue el único ni el último", argumentó

Cuando fueron secuestrados las personas por las que se está llevando adelante el juicio, Vergés ya hacía seis meses que estaba detenido. Lo habían apresado antes de llegar a San Luis el mismo día del golpe. El 24 de marzo de 1976, unos kilómetros antes de su ciudad una comisión militar detuvo el colectivo en que viajaba y su nombre figuraba en la lista de personas a detener.

Fue al único que bajaron, pero pudo avisar a los conocidos que viajaban en el mismo vehículo que le contaran lo ocurriod a su señora, poniéndola en antecedentes. No fue una detención violenta. Estuvo esperando largo tiempo junto a "un soldado o a un suboficial subalterno" que lo vinieran a buscar.

Pudo haber escapado, pero ni siquiera lo pensó: "No tenía nada que esconder, no había hecho nada malo", aseguró. En el viaje los habían parado en varias oportunidades, soldados con listas que comparaban con los documentos que pedían". A él le tocó al llegar a su ciudad pueblo.

Vergés iba haciendo ese relato cuando los abogados de los imputados se levantaron en señal de protesta y se retiraron ofuscados de la sala. Habían pasado mucho tiempo pidiendo que no se aceptara una declaración amplia de los testigos, es decir que se circunscribieran estrictamente a lo que sabían sobre los hechos investigados. Si bien el argumento era de que también algunos de ellos habían denunciado penalmente a los imputados y que eso modificaba el panorama y no se podía ejercer la debida defensa en juicio.

Se generó un clima tenso, los abogados afuera de la sala, y dentro el presidente llamó al subjefe de Policía Federal para que les hiciera llegar la intimación para que se presentaran en forma imediata. Preventivamente llamó a la defensora oficial para que se hiciera cargo de asistir a los imputados y poder seguir con la audiencia.

A las 10 y 10 volvieron con señas de profunda molestia y el primero que dejó sentado su enojo fue Eduardo Esley. "Vengo a plantear la recusación, por la parcialidad manifiesta que del presidente". A renglón seguido fue Hernán Vidal quien descargó contra Nacif: "Se ha violado el derecho de defensa en juicio y el señor presidente ha inclinado la balanza a favor de la acusación" y prosiguió la defensa diciendo que "este juicio se ha salido de madre. Voy a pedirle que se excuse o pido formalmente la recusación", dijo el abogado de Pla y Becerra.

"No me voy a excusar, rechazo el planteo y rechazo la recusación" respondió tajante el juez y la audiencia volvió a encausarse.

Y allí Vergés volvió a trazar un panorama de lo que sucedía en el país. Dijo que el plan establecido ya estaba delineado antes incluso de comenzar el gobierno militar y estaba destinado a hacer desaparecer las estructuras más comprometidas de los distintos sectores sociales de la Argentina. Dijo que había un plan aceitado para hacer desaparecer a los partidos políticos, a ciertos secotress de la Iglesia, la Univesidad y los gremios. "Fue un disciplinamiento por el terror" que arrojaba "15 o 20 muertos o desaparecidos por día" en todo el país.

"Sesenta hijos de San Luis han sido víctimas de esta metodología de secuestro - tortura - muerte o desaparición".

Vergés fue detenido el mismo día del golpe de Estado y recuperó la libertad cinco días antes que Raúl Alfonsín jurara como Presidente de la democracia. Estuvo poco tiempo en San Luis, lo suficiente para soportar largas sesiones de tortura, que empezaron apenas llegó al GADA, "me bajaron del camión, me pasaron a la oficina del Jefe, me aplicaron picana eléctrica" y fue sometido a un interrogatorio. Luego fue a dar con sus huesos a la Policía Federal.

De aquellos primeros momentos recuerda a un policía de nombre Borsalino, de la Federal, "que no sabía que preguntar, porque no era de San Luis y había otro que "le daba letra". Borsalino sabía artes marciales y pegaba patadas furiosas a sus víctimas.

"Fue en el único lugar que me hicieron 'el teléfono', que es una tortura que muchas veces termina rompiendo los tímpanos. No fue mi caso, pero conozco compañeros que les sucedió eso", recordó. El teléfono es un golpe aplicado con ambas manos en forma cóncava, sobre las orejas del torturado, que produce un estruendo con el golpe, que ejerce una presión sobre los tímpanos y puede llegar a reventarlos. Además del dolor propio del golpe, se le suma el zumbido permanente que causa el estallido.

Después de esa sesión de 'bienvenida' lo dejaron tirado en el patio y mas tarde lo llevaron "a los calabozos que están en la parte de atrás", rememoró.

Su lugar de alojamiento en San Luis fue la penitenciaría provincial que estaba ubicada en las afueras de la ciudad.



De allí la Policía Federal lo retiraba para interrogarlo tras "el ablande" mediante la tortura. "Una sola vez me torturaron a cara descubierta Borsalino y el comisario De María, me dejaron el cuerpo amoratado a culatazos. Era una muestra de poder y humillación".

"En julio (de 1976) hubo un atentado muy grande en Buenos Aires y esa noche me fueron a buscar. Lo peor que podía ocurrirnos era que se abriera el portón (en medio de la noche) porque significaba que a alguien se llevaban. En general nos sacaban a cara descubierta", pero luego, antes de la sesión de tortura los encapuchaban. "Esa noche me encapuchó el teniente Alemán Urquiza". Con él habían salido de la cárcel y llevados a la PF "el diputado Carena, Julio Lucero Belgrano y un chico que creo que era de Villa Mercedes", señaló ante el Tribunal.

Esa noche se produjo un incidente en la Penitenciaría entre el oficial del Ejército que tenía la responsabilidad de la guardia y los federales que venían a buscarlos. "El subteniente Rodríguez le dijo al federal que hasta que no tener la orden del Teniente Coronel Moreno no nos iba a entregar". Trataron de ubicarlo, pero no lograron dar con el militar que además de ser jefe del GADA parecía tener bajo su órbita la responsabilidad de los detenidos.

"Moreno era el nexo con los familiares", recordó. La seguridad de los presos políticos estaba a cargo del Ejécito.

Hubo una discusión y se produjo "un momento de mucha tensión" entre Rodríguez y Borsalino, pero "finalmente primó la decisión de Borsalino, que firmó un papel responsabilizándose por nosotros y nos llevó".

Esa noche hubo "una tremenda pateadura, en venganza por lo que había sucedido en Buenos Aires. No hubo picana".

Entre los relatos del horror recordó también que tras la golpiza lo desnudaron y le tiraron un baldazo de agua y dieron la orden al guardia de que sistemáticamente, cada dos horas, volvieran a mojarlo en medio de la helada. "El frío produce adormecimiento, sopor...". Recordó que esa noche escuchó entre sueños golpes que no podía explicar.

Pero luego le contaron que esa noche, el guardia encargado de mantener el tormento en el tiempo, tuvo un gesto humanitario y en lugar de mojarlo, tiraba el agua contra la puerta para que pareciera que cumplía la orden despiadada que había dado Borsalino. La Policía Federal en esos días estaba en la avenida Quintana (hoy Illia) en la esquina de Chacabuco, donde hoy se encuentra el edificio de una prepaga.

A la madrugada, a escondidas, el mismo guardia "me dio medio litro de yerbeado caliente. Fue un gesto de humanidad y decencia en medio de tanta barbarie", dijo agradecido.

En su testimonio pormenorizado de calamidades que le tocó vivir en su detención, Vergés recordó que en agosto/setiembre del '76 hubo un cambio de actores en las actividades represivas y que la Federal fue sacada de órbita con ese tema y tomó esa responsabilidad el Ejército y la Policía de San Luis en forma conjunta.

También cambiaron los métodos de tortura. Los policías provinciales preferían el 'submarino' a la picana. Coincidían en el gusto por golpear a trompadas y patadas a personas atadas e indefensas hasta dejarlas en el límite de la vida y la muerte.

"En una oportunidad estaba de tan mal aspecto que un subteniente de apellido Ramírez no me quería recibir (de nuevo en la Penitenciaría). Me habían golpeado mucho, pero no tenía golpes internos, estaba deshidratado y con mal aspecto. Le pedí que me recibiera, porque sino era peor, me iban a volver a llevar" a donde lo habían torturado.

-A usted no lo recibo, dijo Ramírez.
-Déjeme, porque lo único que va a lograr es que me vuelvan a torturar, pidió Vergés.

El dirigente del Partido Peronista Auténtico también fue llevado a la "Granja La Amalia", campo de entrenamiento del Ejército y centro de detención clandestino. Recordó que el lugar tenía techo de cinc, porque "una noche que llovía, se escuchába el ruido de la lluvia en el techo y me dijeron: 'zafaste por esto, pero mañana seguimos'. Probablemente se debía poner difícil para salir", especuló.

También señaló que el reconocimento de quienes lo torturaban era por el registro vocal, ya que si bien los llevaban 'en capucha', eran "los mismos que nos iban a buscar. Al principio disimulaban la voz, pero mientras iba transcurriendo el tiempo, "por cansancio o por bronca" dejaban de tener reparos y ya no disimulaban.

En esos interrogatorios participaban "(Carlos Esteban) Plá, (Víctor David) Becerra, "Carlos" (Juan Amador) Garro, (Luis) Orozco, Hugo Velazquez...".

"El (entonces) Capitán Plá es el que no puede negar su participación", dice mirando hacia donde está el acusado y refiere un hecho anecdótico para potenciar su relato: "Como para los militares eramos todos marxistas y utilizábamos sus herramientas, en una de las sesiones de tortura me dice: 'vos a mi, hijo de puta, no me vas a engañar con tu dialéctica..." y después, en otra oportunidad, en su oficina de subjefe de policía, "me vuelve a decir lo mismo. Lo miré, no dije nada" pero en el cruce de miradas quedó implícito "que no quedaba ninguna duda de quien mandaba la patota" que estaba al frente de los interrogatorios y las torturas.

Cuando fue traladado a La Plata y luego a otras cárceles del país, prácticamente no hubo tortura física, o golpes, pero ahora se transformaba en un tormento psicológico, con la prisión y la humillación para desmoralizar. Ahí, las celdas de aislamiento eran un eficaz sistema de tormento para intentar quebrar a los detenidos.

La Justicia cómplice

Como Juan Vergés era de una familia tradicional de San Luis en aquellos años, su situación tuvo una particularidad, que aquellos que habían sido sus amigos y compañeros o tenían algún trato familiar, se transformaron en sus verdugos o al menos los que no les dieron el trato adecuado que una situación de derecho hubiese indicado.

El entonces Juez Federal de San Luis, Eduardo Allende, tenía un trato familiar con los Vergés, al punto de que Juan había compartido la Navidad de 1975 en su mesa. Con el Secretario del Juzgado, Martín "Pila" Pereyra González el trato había sido más íntimo aún. Fue su compañero en la carrera de Abogacía; "vivimos seis años en la misma habitación", recordó.

Pero cuando en su calidad de funcionarios judiciales fueron a verlo en 1977 al penal de La Plata, si bien denunció haber recibido torturas, dijo que de alguna gente "no esperaba más de lo que estuvieran dispuestos a dar", señalando sin nombrarlos, que ellos habían adoptado el rol que la dictadura les había impuesto. Fue Allende quien lo condenó a nueve años de prisión y la denuncia por apremios quedó en la nada.

También resaltó que la misma Cámara de Apelaciones que le había denegado la libertad condicional en dos oportunidades fue la misma que cerca del advenimiento de la democracia hizo lugar a un tercer pedido. Pero en el medio había mediado un senador electo que era amigo de su hermano y que habían compartido el exilio en Venezuela. "Se estaban acomodando para la democracia", ironizó.

"A Fernández Gez no lo conocíamos"

La cara del abogado del entonces Jefe del Comando de Artillería, se iluminó. A pesar de que no quería que Vergés declara, lo que comenzó a decir resultó beneficioso para su cliente: "En la penitenciaría no teníamos ni idea de quien era Fernández Gez. A las pocas visitas que recibíamos las autorizaba (el teniente coronel Juan Carlos) Moreno".

Pero incluso a Moreno le asigna algunos gestos humanitarios y puntualmente le asigna uno de ellos el día que los iban a trasladar a La Plata.

Ese día de diciembre de 1976 "nos tuvieron 6 horas al rayo del sol" y a esa hora de la siesta, "a las dos de la tarde, mas o menos, llegó y ordenó que nos pusieran a la sombra y que nos dieran agua".

Mercado insistió para que el testigo dijera quien "jefeaba entre los militares", tratando de cargar las tintas sobre Moreno, pero no logró escuchar esas palabras, ya que dijo que desconocía como funcionaban las cosas de Plá para arriba y se produjo un fuerte intercambio de palabras que terminó con Vergés diciendo: "todos los que estamos en esta sala sabíamos en ese momento como funcionaban las cosas, las torturas, las muertes y las desapariciones".

Moreno Recalde atendía a los torturados

El médico forense que días atrás declaró como testigo, en medio de una serie de vacilaciones sobre la autopsia que le practicaron a los dos NN aparecidos en las Salinas del Bebedero, también cumplía otro rol que negó en su testimonio. Al menos Juan Vergés lo señaló en su relato, como el que ordenó que detuvieran la sesión con Carlos Correas.

En una oportunidad, luego de un interrogatorio, supone que el forense fue quien lo aate. "Si bien me sacaron la capucha, me ordenaron que no mirara, pero por su estatura puedo decir que debió ser Moreno Recalde quien me revisó desde atrás las sienes y los ojos. Quiso revisarme más, pero yo no quise".

"En mi caso no presenció ninguna sesión de torturas" o al menos no lo advirtió, ya que estaba con los ojos tapados, pero "otros compañeros dicen que sí", y marcó una situación: "En un caso creo que paró la tortura de Carlos Correas".


El confuso rol de Esley

El abogado Eduardo "Lalo" Esley se caracteriza por ser el defensor de los imputados que menos tacto tiene. Casi un elefante en un bazar. Mezcla defensa, ideología propia, situaciones personales y su rol de Fiscal durante la dictadura. A ese coctel le agrega sus propios enconos y los transforma en verdaderos "sincericidios".

"Acá se está hablando de militares y policías, pero nadie habla nada de los civiles que fueron cómplices. Hace un par de días hemos escuchado a un testigo (Negri) que habló de los 'notables' que le enviaron una carta al almirante Massera".

"Los civiles formaban un collar de encubridores", aseguró sin tratar de disimularlo en forma de pregunta y disparó sus dardos al actual Camarista Civil de la Provincia, Carlos Guillermo Maqueda, que fue ministro del Proceso, además de director del diario de los hermanos Rodríguez Saá a poco de instaurarse la democracia. También le apuntó al abogado Carlos Alberto Acevedo, a quien señaló como asesor de la policía y la penitenciaría de la dictadura. Y no lo dejó afuera a "su actual empleador, el gobernador Alberto Rodríguez Saá", señalado por el ex diputado nacional radical Arturo Jesús Negri, como "el ideólogo" de las delaciones ante los dictadores.


- "¿Y usted no sabía? Usted era Fiscal de la Justicia Provincial" le respondió Vergés, quien cerró la discusión con un: "Yo no me hago cargo de lo que haya hecho el gobernador", su actual empleador.

Informe: Gustavo Senn
gustavosenn@gmail.com

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